Isabel Rodríguez de Medina Quevedo. Universidad de Granada.
Localizador: http:www.ugr.es/local/miguelgr/ReiDoCrea-Vol.1-Art.18-Rodriguez.pdf

Muchos de los problemas sociales se remontan a las dificultades de comunicación interpersonal. Este ensayo examina el potencial de la relación entre los estados de la mente, su anatomía y las interacciones sociales seguido por la eficacia de los programas Mindfulness para la mejora de los males sociales.

No se puede solucionar un problema partiendo de la misma “conciencia” o perspectiva que lo provocó.” Albert Einstein

En los últimos tiempos, se ha dado especial relevancia al método Mindfulness ya que es un fenómeno emergente con un gran potencial y transformador de una filosofía occidental que cada año produce un acrecimiento de malestares psicológicos.

¿Alguien se ha preguntado alguna vez en la vida por qué es tan complejo relacionarnos con otras personas? Una de las problemática podría derivar en no saber quienes somos nosotros mismos unido a ese “buenísmo” (placer continuado). El Mindfulness nos va ayudar a cambiar o definir la visión de quienes somos, provocando que el individuo no se vea tan aislado sino parte del mundo, favoreciendo la autoobservación y eliminando ese “yo” por el “nosotros”.

En las sociedades occidentales, los antropólogos destacan que vemos a los demás como entidades separadas aunque seamos miembros de un grupo, sin embargo, en otras culturas como las africanas o asiáticas el bienestar del grupo depende de todos los miembros que lo formen, creando la identidad desde un espectro más amplio. Sin embargo, el Mindfulness nos enseña a ver cómo el problema radica en vernos a nosotros separados de los demás (Siegel, 2011). Es importante vernos identificados como aquello que denominan los biólogos, “redes ecológicas”. Por ejemplo: sin padres, nosotros no existimos. Sin agua, no existe la vida. Son relaciones que son complejas porque todo está interconectado equilibradamente y es peligroso que nuestro pensamiento atribuya una existencia absoluta a algo, porque nada surge de la nada y todo tiene unos antecedentes: la bondad se crea, la empatía también, a través de la interconexiones del mundo (Kabat – Zinn, 2009).

A modo metáfora, la atención plena nos ayuda a comprobar que solo somos una diminuta perla componente del collar donde cada perla refleja en las otras y le produce un brillo especial. Es decir, es un collar nuevo, que no es una cosa, sino una nueva forma de experimentar el mundo, conectando diferentes elementos aislados, que nunca están aislados; es la forma occidental individualista de mantener una separación inexistente.

A su vez, ésta conexión es infinita, ha estado presente todo el tiempo y el brillo producido de cada perla, su reflejo, vendrá delimitado por el resto. Ese brillo es el que llamaríamos la autoestima e identidad porque el individuo vive en un grupo, y crea el sentido del “yo” continuamente, tal y como si fuera una esponja. Es decir, la identidad del individuo estará formada por unos patrones experienciales pasados y en continua definición cada minuto de su vida. Por esta razón, no es de extrañar que las personas postergadas por los padres o sus iguales, tengan una imagen inferior de sí mismo que influya en sus relaciones.

Así pues, si somos conscientes de ese brillo y lo autobservamos, además de la separatividad, tendremos la capacidad de favorecer la arbitrariedad de nuestra identidad, creencias y valores, que muchas vendrían delimitadas por un reflejo incorrecto o erróneo de nosotros mismos. A su vez, se podría crear una mayor flexibilidad para relacionarnos con los demás.

Por otro lado, la práctica del Mindfulness nos ayuda a reconocer nuestras emociones y las actuaciones deliberativas. El Mindfulness hace frente al placer y al “buenismo” de la actual sociedad, nos hace conscientes de las emociones que provocan el malestar: estrés, ansiedad, depresión, infelicidad, apatía. Una serie de emociones que principalmente tienen un valor de adaptación y de las que no es recomendable la huída, si un individuo no tolera sus propias emociones las proyectará sobre los demás.

La autobservación propia de emociones destructivas, nos hace más resistente a experimentar experiencias desagradables, mejorando la intolerancia a la incomodidad que pudiera producirse durante las relaciones.

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Con técnicas de atención plena se produce una armonización interior que se relacionaría directamente con la empatía autentica generadas en las relaciones interpersonales, no la irreal derivada de ponerse en “el lugar del otro” donde se actúa como un espejo y centrándose en experiencias pasadas fundiéndose con el otro. Es decir, a través de la conciencia plena, no se funden las perspectivas, sino que favorecerá un yo observador frente al yo experimentador. Un yo observador, definido como aquel que no juzga, acepta, tiene curiosidad del otro. Es decir, estar con los demás en sus alegrías y penas pero reales. En conclusión, siguiendo a Siegel (2007, citado en V. Simón, 2007) experto en Mindfulness, “la atención plena puede favorecer las relaciones sanas entre individuos a través de una serie de mecanismos, como la empatía incrementada, el equilibrio emocional, la flexibilidad de respuestas y una predisposición mental a la aproximación”.

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