(by Theravada Hemepola Gunaratama)

La meditación no es fácil. Requiere tiempo y energía, y también coraje, determinación y disciplina. Demanda un buen número de cualidades personales que habitualmente consideramos desagradables y que tratamos de evitar siempre que nos resulta posible.

Podríamos resumirlo todo en la palabra española «valentía»; la meditación requiere valentía. Ciertamente es mucho más cómodo relajarse y ponerse a ver la televisión. Así que ¿por qué preocuparse?, ¿por qué emplear todo ese tiempo y energía cuando podríais estar por ahí pasándolo bien?, ¿para qué molestarse? Sencillo. Porque sois humanos. Y debido al simple hecho de ser humanos, sois también herederos de una insatisfacción inherente en la vida que no desaparece por las buenas. Podéis eliminarla de vuestra conciencia por un tiempo. Podéis distraeros unas cuantas horas, pero siempre vuelve, y normalmente cuando menos se la espera. Como sin venir a cuento, os sentáis, pasáis revista y os dais cuenta de repente de cómo os encontráis en realidad.

De pronto os hacéis conscientes de que pasáis la vida tirando a duras penas. Mantenéis una buena fachada. Os las arregláis para llegar a final de mes y mostrar una buena apariencia. Pero los periodos de desesperación, esos momentos en los que sentís que todo se derrumba, los guardáis para vosotros. Estáis hechos un lío y sois conscientes de ello, pero lo escondéis con gracia. Mientras tanto, en vuestros adentros sabéis que tiene que haber otra forma de vivir, una manera mejor de contemplar el mundo, un modo de tocar la vida más profundamente. Y de cuando en cuando conectáis con ello por casualidad. Obtenéis un buen trabajo. Os enamoráis. Ganáis la partida. Y durante un tiempo las cosas son diferentes. La vida adquiere una riqueza y una claridad que hace desaparecer todos los malos tiempos y la monotonía. La textura de vuestra experiencia cambia y os decís: «Bueno, lo he logrado,
ahora seré feliz». Pero entonces eso también desaparece, como humo llevado por el viento. Solo os queda un recuerdo. Eso y la vaga conciencia de que algo va mal. En realidad existe otro reino de profundidad y sensibilidad disponible en la vida, solo que por alguna razón no lo veis. Termináis por sentiros separados. Os sentís aislados de la dulzura de la experiencia por alguna clase de algodón sensorial. Ciertamente no tocáis la vida. De nuevo se os escapa. Y entonces, incluso esa vaga conciencia desaparece, y os encontráis de vuelta en la misma y vieja realidad. El mundo vuelve a parecer el mismo lugar nauseabundo de siempre. Es una montaña rusa emocional, y pasáis buena parte del tiempo en el inicio de la rampa, anhelando las alturas.

¿Qué es lo que anda mal en vosotros? ¿Sois fenómenos extraños? No, simplemente sois humanos y sufrís del mismo mal que aqueja a todos los demás. Hay un monstruo en nuestro interior, y tiene muchos brazos: tensión crónica; ausencia de compasión genuina hacia los demás, incluyendo a las personas más cercanas; sentimientos reprimidos y muerte emocional. Muchos, muchos brazos. Ninguno de nosotros se encuentra libre de ello por entero. Podemos negarlo. Intentamos eliminarlo. Construimos toda una cultura a su alrededor para ocultarlo, pretendiendo que no está ahí, y nos distraemos con metas, proyectos y estatus. Pero nunca se va. Es una constante soterrada en cada pensamiento y percepción, una voz débil y muda detrás de la cabeza que no deja de repetir: «Aún no es suficiente. Sal a por más. Sal para hacerlo mejor. Sal para ser mejor». Es un monstruo, un monstruo que se manifiesta de formas sutiles en todas partes. Acudid a una fiesta y escuchad la risa, esa frágil voz que parece divertirse en la superficie y oculta el miedo por debajo. Sentid la tensión, la presión. Nadie se relaja de verdad, solo lo aparentan. Acudid a un juego de pelota y observad al aficionado en la grada. Observad el arrebato irracional de ira.

Observad la frustración incontrolada que burbujea en las personas, que se esconden debajo del disfraz del entusiasmo o del espíritu de equipo. Abucheos, silbidos y un egoísmo descontrolado, todo en nombre del equipo. Embriaguez y peleas en las gradas. Estas personas tratan desesperadamente de relajar la tensión que sienten en su interior. No son personas que se encuentren en paz con ellas mismas. Ved las noticias que da la televisión. Escuchad las letras de las canciones populares. Os encontraréis el mismo tema repetido, con variaciones, una y otra vez: celos, sufrimiento, descontento y estrés.

La vida se asemeja a una lucha constante, a un enorme esfuerzo contra impresionantes circunstancias adversas. Y ¿cuál es nuestra solución para todo este descontento? Nos quedamos paralizados en el síndrome «Solo con que». Solo con que tuviese más dinero, sería feliz. Solo con que encontrara a alguien que me quisiera realmente, perdería diez kilos; solo con que tuviese una televisión en color, un jacuzzi, el pelo rizado y así sin parar. ¿De dónde viene toda esta basura?, y más importante aún, ¿qué podemos hacer con ella? Viene del estado de nuestras mentes. Se trata de un conjunto de hábitos mentales profundos, sutiles y penetrantes, de un nudo gordiano que poco a poco hemos ido formando y que del mismo modo podemos desanudar, un trocito de cada vez. Podemos afinar nuestra conciencia, coger cada trocito aislado y sacarlo a la luz. Podemos volver consciente lo inconsciente, despacio, un trocito de cada vez. La esencia de nuestra experiencia es el cambio. El cambio es incesante. Momento tras momento la vida fluye y nunca es la misma. La alteración perpetua es la esencia del universo perceptual. Un pensamiento surge en vuestra cabeza y, medio segundo después, se ha ido. Llega otro y también se va. Un sonido llega a vuestros oídos y después silencio. Abrís los ojos y el mundo os inunda, parpadeáis y se ha ido. Las personas llegan a vuestras vidas para desaparecer después. Los amigos parten, los familiares mueren. Vuestras fortunas crecen para volver a menguar. En ocasiones ganáis, tan a menudo como perdéis. Es incesante: cambio, cambio, cambio. Nunca dos momentos son iguales.

No hay nada erróneo en ello. Se trata de la naturaleza del universo. Pero la cultura humana nos ha enseñado algunas respuestas singulares a este flujo sin fin. Categorizamos las experiencias. Tratamos de colocar cada percepción, cada cambio de la mente, en uno de los tres casilleros mentales: bueno, malo o neutral, (para nosotros neutral significa indiferente y aburrido). Entonces, según en qué casillero pongamos la experiencia, percibimos a través de un conjunto fijo de respuestas mentales habituales. Si una percepción ha sido etiquetada como «buena», intentamos detener ahí el tiempo. Nos agarramos fuertemente a ese pensamiento, lo acariciamos, lo mantenemos, tratamos de evitar que se escape. Cuando no funciona, ponemos todo nuestro empeño en repetir la experiencia que provocó ese pensamiento. A este hábito mental le llamamos aferrarse.

Al otro lado de la mente se encuentra el compartimiento etiquetado como «malo». Cuando percibimos algo «malo», intentamos alejarlo. Tratamos de negarlo, de rechazarlo, de deshacernos de ello por cualquier medio posible. Luchamos contra nuestra propia experiencia. Queremos huir de parte de nosotros mismos. A este hábito mental le llamamos rechazar. Entre estas dos reacciones se encuentra el compartimiento neutral. Aquí colocamos las experiencias que no son buenas ni malas. Son tibias, neutrales, faltas de interés y aburridas. Guardamos las experiencias en el compartimiento neutral para poder ignorarlas y centrarnos de nuevo allí donde se encuentra la acción, a saber, en nuestra interminable ronda de deseo y aversión. Privamos a esta categoría de la experiencia de su justa cuota de atención. A este hábito mental le llamamos ignorar. El resultado directo de toda esta locura es una monótona carrera que no nos lleva a ninguna parte, afanándonos en busca del placer, huyendo siempre del dolor, ignorando continuamente el 90% de nuestra experiencia.

Nos preguntamos entonces por qué resulta tan insípida la vida. Como análisis final, el sistema no funciona. Sin importar lo mucho que persigáis el placer y el éxito, a veces no podréis lograrlos. Sin importar lo rápido que huyáis, en ocasiones el dolor terminará por atraparos. Y entre medias, la vida resulta tan aburrida que os entran ganas de chillar. Nuestras mentes están llenas de opiniones y críticas. Hemos levantado muros a nuestro alrededor y nos vemos atrapados en la prisión de nuestros gustos y aversiones. Sufrimos. «Sufrimiento» es una palabra importante en el pensamiento budista. Es un término clave que deberíamos comprender profundamente. La palabra pali es dukkha, y no significa solo la agonía del cuerpo. Se refiere a ese profundo y sutil sentimiento de insatisfacción que forma parte de cada momento mental y es resultado directo de la rutina de la mente. «La esencia de la vida es el sufrimiento», dijo el Buda. A primera vista parece deprimente y pesimista en exceso; incluso parece falso. Después de todo, hay cantidad de ocasiones en las que somos felices, ¿no? Pues no, no es así, tan solo lo parece. Tomad cualquier momento en el que os sintáis plenamente satisfechos y examinadlo de cerca. Bajo la alegría encontraréis esa tensión sutil, omnipresente y subterránea que os recuerda que sin importar lo bueno que sea el momento, se va a terminar. Sin importar lo mucho que hayáis ganado, terminaréis por perder parte, o empleando el resto de vuestros días guardando lo que tenéis y cavilando cómo obtener más. Y al final moriréis.

Todo es transitorio. Suena muy desalentador, ¿no? Afortunadamente no lo es, en absoluto. Solo suena desalentador cuando lo miráis con el prisma mental habitual, desde el punto de vista de la mente rutinaria. Tras ese nivel se encuentra toda una nueva perspectiva, una forma completamente diferente de contemplar el universo. En este nivel de funcionamiento, la mente no intenta congelar el tiempo, no nos aferramos a la experiencia mientras transcurre, y no tratamos de apartar las cosas ni de ignorarlas. Es un nivel de experiencia que trasciende lo bueno y lo malo, el placer y el dolor. Es una manera adorable de percibir el mundo, y es una habilidad que se puede aprender. No es fácil, pero se puede aprender.

La paz y la felicidad son asuntos realmente fundamentales de la existencia humana. Son lo que todos buscamos. A menudo resulta difícil de ver porque cubrimos estas metas básicas con capas de objetivos superficiales. Queremos comida, dinero, sexo, posesiones y respeto. Llegamos a decirnos incluso que la idea de «felicidad» resulta demasiado abstracta: «Mira, me gusta ser práctico, dame dinero suficiente y podré comprar toda la felicidad que necesite».

Desafortunadamente, se trata de una actitud que no funciona. Examinad cada una de estas metas y descubriréis que son superficiales. «¿Quieres comida, por qué?» «Porque tengo hambre.» «Tienes hambre y ¿qué?» «Bueno, si como, no tendré hambre y me sentiré bien.» ¡Ajá! ¡Sentirse bien! Ahí está el verdadero asunto. Lo que buscamos en realidad no son las metas superficiales; estas son medios para conseguir un fin. Lo que en realidad buscamos es la sensación de alivio que acompaña a la satisfacción de la pulsión. Alivio, relax y el fin de la tensión. Paz, felicidad y no más ansia.

¿Qué es, pues, la felicidad? Para la mayoría de nosotros, la felicidad perfecta significaría conseguir todo lo que deseamos, controlarlo todo, jugar a ser César, hacer que el mundo baile al son de nuestros antojos. Una vez más, esto no funciona. Echad un vistazo a las figuras históricas que han dispuesto realmente de este poder último. No fueron personas felices. Lo más seguro es que no se encontrasen en paz consigo mismas. ¿Por qué? Porque se vieron impulsadas a controlar el mundo completamente y no pudieron, porque querían controlar a todas las personas y había quien se negaba a ser controlado. No podían controlar las estrellas. No podían escapar a la enfermedad. No podían escapar a la muerte. Nunca conseguiréis todo lo que queréis. Es imposible. Afortunadamente existe otra opción. Podéis aprender a controlar la mente, a salir de este ciclo infinito de deseo y aversión. Podéis aprender a no querer lo que queréis, a reconocer los deseos sin veros controlados por ellos. No significa que os echéis en la carretera e invitéis a todo el mundo a que os pase por encima. Significa que seguís viviendo una vida de apariencia muy normal, pero vivida desde una perspectiva completamente nueva. Hacéis lo que el resto de las personas, pero libres de la pulsión obsesiva de vuestros deseos, (la codicia). Si queréis algo, lo querréis sin necesidad de ir corriendo detrás de ello; si teméis algo, lo temeréis sin necesidad de quedaros temblando. Esta clase de cultura mental es muy difícil. Requiere años. Pero intentar controlarlo todo es imposible, y difícil es preferible a imposible.

¡Ey!, esperad un minuto. ¿Paz y felicidad? ¿Acaso la civilización no se trata de eso?

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