Veíamos en el Módulo 1 que la necesidad básica de sobrevivir es nuestro principal impulso, el origen de la nuestras reacciones. De generar ese comportamiento de lucha o huida se encargan, como ya vimos el miedo y la ira, sin embargo sabemos que también entran en juego otras emociones como la tristeza y la alegría, y es que sobrevivir no es solo “no morir”, también necesitamos obtener recursos para mantenernos vivos (alimento, refugio, etc.) y sobre todo reproducirnos para que sobreviva la especie. Estas necesidades son más fáciles de satisfacer al abrigo del grupo.

Nuestra supervivencia como seres humanos ha dependido, en nuestra evolución como mamíferos, de la pertenencia a un grupo.

En el grupo estamos más seguros, fuera de ese grupo hay peligro, en el grupo encontramos el afecto y el cariño que necesitamos. Cuanto más alto estamos en la jerarquía de ese grupo, menos posibilidades tenemos de ser expulsados y por tanto más seguros no se encontramos. Necesitamos sentirnos integrados y aceptados en el grupo y luchamos para ello. Por tanto nuestro cerebro está diseñado para sobrevivir, reproducirse e integrarse en el grupo. Para ello disponemos de tres sistemas neurobiológicos que son claves en el funcionamiento del ser humano. Cada uno de estos sistemas neurobiológicos regula parte de nuestro comportamiento y se encuentra relacionado con determinados neurotransmisores, hormonas y áreas cerebrales que se ocupan de dichas tareas.

El primero de ellos es el sistema de amenaza y protección. Permite detectar amenazas externas. La gacela siempre atenta a intuir depredadores y huir de ellos. Este sistema está relacionado con hormonas como la adrenalina, cortisol, glucocorticoides, etc. Ya conocimos en el primer módulo cómo nos pasan factura física y emocionalmente si su presencia se hace crónica en nuestro organismo.

El segundo sistema es el del logro. Se encarga de conseguir recursos necesarios para la supervivencia (comida, refugio, etc.). Se relaciona con la dopamina, un neurotransmisor encargado de producir sensación de placer cuando sucede algo agradable o tenemos éxito y por tanto nos motivar a trabajar más duro para obtener recompensas. Sin embargo, al igual que los excesos de cortisol, adrenalina en nuestro organismo nos conducen a multitud de dolencias fisiológicas, un exceso del nivel de dopamina puede generar adicción a la misma y suele conducir a adicción, psicosis, desensibilización y conducta impulsiva así como producir efectos físicos como náuseas, salivación excesiva y sensación de ardor en la lengua. Las cantidades excesivas de dopamina en las áreas motoras del cerebro pueden dar como resultado espasmos involuntarios y posturas extrañas.

Existen estudios muy interesantes sobre la concentración de la dopamina en la amígdala cerebral, definiendo esta, diferentes comportamientos en la persona: niveles de baja concentración se relacionan con personas tranquilas y confiadas de si mismas, con alta creatividad. Concentraciones altas de dopamina se relaciona con personas miedosa y tendentes a sufrir estrés.

En tercer lugar podemos hablar del sistema de satisfacción, calma y seguridad. Es la base biológica del apego (el niño es abrazado por sus padres y se siente seguro) es el sistema que nos proporciona paz, alegría y sensación de seguridad,. Los mamíferos nacemos inmaduros y para completar satisfactoriamente nuestro proceso de desarrollo necesitamos cariño y la protección. La oxitocina, es conocida como la hormona de la calma y nuestro cerebro la produce cuando nos sentimos arropados, nos abrazan, nos tratan con cariño. La oxitocina produce un incremento de la sensación de seguridad y confianza, reduce la presión sanguínea y los niveles de cortisol, apaciguando ansiedad, estrés, temor e inseguridad.

La intrincada estructura de nuestro mundo actual y la complejidad de las habilidades sociales que debemos desarrollar para mantener nuestra posición en el grupo nos lleva a mantener una hiperactividad del sistema de logro y el de amenaza, debido a que nuestra mente da absoluta prioridad a los pensamientos negativos pues los relaciona con problemas que hay que resolver, relegando a un segundo plano los pensamientos de tipo positivo, pues no suelen implicar problemas de los que ocuparse con urgencia. Ello nos lleva a mantener una hipoactividad del sistema de satisfacción.

Ese desequilibrio genera a su vez exceso de hormonas relacionadas con el estrés y un déficit de hormonas relacionadas con la calma.

La practica de mindfulness puede convertirse en una de las herramientas más eficientes para restablecer dicho equilibrio.
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